Arquitectura, poder y gloria


Muy pocas personas saben que la Biblioteca de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de la República (que no en vano es la biblioteca nacional de arquitectura) conserva un tesoro en obras raras y valiosas y que muchas de ellas encierran historias apasionantes y testimonios de gran importancia histórica.

Entre estas piezas figura Della trasportatione dell’obelisco Vaticano et delle fabbriche di nostro signore Papa Sisto V, un libro escrito por el arquitecto Doménico Fontana, ilustrado con imponentes y minuciosos grabados, hechos por Natalio di Girolamo Bonifazio sobre los dibujos del autor e impreso en tamaño folio imperial por la Stamperia Vaticana, en 1590, entonces a cargo de su primer maestro impresor, el veneciano Doménico Basa.

Se trata de la obra que inauguró la Imprenta del Vaticano y por ende un auténtico incunable producido por la única imprenta que ha subsistido hasta la actualidad por lo que el encuentro con un volumen de estos es capaz de hacer delirar a historiadores, expertos y bibliófilos de todo el mundo.

Desde hace 425 años conserva textos e imágenes que dan cuenta de la erección del obelisco egipcio que se levanta en la plaza de San Pedro. No son muchos los ejemplares que figuran, hoy en día, en las colecciones más importantes del mundo y es único en nuestro país y casi seguramente en América Latina.

Se encuentra en impecable estado al punto que parece recién salido de las prensas de Doménico Basa y su rescate patrimonial incluye trabajos y peripecias que sería interesante dar a conocer si no fuera que ahora el espacio y el tiempo para hacerlo es limitado.

El libro de Fontana ocupa un lugar de preferencia entre los raros libros ilustrados de los siglos XV y XVI y entre los que fueron capaces de abordar con minuciosidad las obras de un arquitecto laborioso en un momento histórico turbulento y decisivo. En el fondo, el libro trata de la vinculación entre la arquitectura y los símbolos del poder.

Este artículo es un apretado resumen de un extenso ensayo inédito que recibió mención especial en el Premio Nacional de Letras 2012, en su categoría, y que contiene las claves para comprender y contextualizar esta joya bibliográfica como testimonio de la aventura intelectual de la humanidad.

En primer lugar, se consideraron las pistas para apreciar el papel que jugó el libro en su época y se rescata su capacidad evocativa. Sin este análisis podría considerarse como un suntuoso portafolio de imágenes para mayor gloria de un Papa dinámico y su diligente arquitecto cuando, en realidad, estamos ante una verdadera máquina del tiempo.

En segundo lugar, se rescató en toda su potencia gráfica los grabados que se hicieron sobre los dibujos de Fontana que son, al mismo tiempo, un ejemplo de ilustración de los problemas tecnológicos y por otro un repertorio de alegorías que tienden un puente entre el imaginario del Renacimiento y del Barroco y el de la Revolución Industrial.

En tercer lugar, al tratarse de una obra cuyo protagonista es un antiquísimo icono del poder, la erección del Obelisco Vaticano es una especie de itinerario que conecta capacidades técnicas y designios sociales y políticos desde el Egipto faraónico y la Roma imperial hasta el Vaticano de la Contrarreforma y reúne en un mismo escenario a personajes tan vívidos como el extraordinario Papa Sixto V, su arquitecto Fontana y las leyendas de la época.

El rescate patrimonial supuso una investigación que reunió – por primera vez – en forma exhaustiva, toda la información disponible, todas las historias que se entrecruzan, se anudan y se prolongan a partir de este libro maravilloso, los principales actores que le dieron origen y las épocas turbulentas que atravesaron.

Sin embargo, no se trata solamente de exhibir una de las joyas desconocidas conservada en una biblioteca pública uruguaya, sino de promover nuevos enfoques, nuevos tratamientos, una nueva vida para la obra como hito en la historia de la tecnología.

Hoy en día es posible encontrar en Internet numerosos facsímiles de las imágenes de Fontana y se venden versiones digitalizadas. Asimismo basta echar a andar un buscador para obtener un cúmulo de información sobre el Papa Sixto V, sobre los obeliscos y otras obras de arquitectura e ingeniería de la antigüedad, el Renacimiento y el Barroco europeo pero se trata de informaciones fragmentarias y frecuentemente inconexas.

Recopilar todo eso en medio de los excesos torrenciales de la red habría sido tarea fácil, sencilla pero engañosa. Investigar es diferente. Descubrir las claves encerradas en este libro requiere, como fundamento, la materialidad del mismo y la exploración y confrontación sistemática de todas las conexiones, consecuencias y pistas como lo demanda espíritu crítico y la pasión del conocimiento científico. Después de todo, también en este caso la realidad supera a la ficción.

Para empezar hay que recordar el papel que un puñado de libros ilustrados del siglo XVI jugó en el desarrollo del conocimiento y de los saberes tecnológicos y en particular de la importancia de las imágenes para mostrar los desafíos técnicos y su solución así como para simbolizar las encrucijadas sociales y políticas de la época. Sin estos libros la Revolución Industrial y su dinámica habrían sido muy diferentes.

Otro aspecto importante es el análisis de la situación en que se encontraba la ciudad de Roma, a fines del siglo XVI. La que había sido “el centro del mundo” durante cientos de años se había degradado pasando de un millón de habitantes en los primeros años de nuestra era a diez mil o menos en 1570. En época de glorias imperiales fueron “importados” a la gran ciudad monumentos y símbolos de poder de las culturas que le antecedieron.

Cuando Sixto V ascendió al trono pontificio (en 1585) la orgullosa urbe de otrora se había transformado en un campo de ruinas, donde se apacentaban ovejas y cabras. Su sistema vial estaba arruinado, sus monumentos derruidos (de los ocho o nueve obeliscos egipcios que se levantaban en la Roma imperial solamente se mantenía en pie el que Fontana debía trasladar trescientos metros). Los ocho o nueve grandes acueductos estaban cegados o destruidos.

El Tíber contaminado y sus riberas malsanas, al punto que toda la ciudad era una zona de paludismo endémico. Los escasos habitantes se encerraban a la puesta del sol para evitar la picadura de los mosquitos trasmisores de la malaria1 y muchos eran enfermos crónicos. En suma un desastre.

Pero el Papa Sixto V tenía un ambicioso proyecto geopolítico que no habían desarrollado sus predecesores y que pocos de sus sucesores en el trono de San Pedro iban a llevar adelante con tanto dinamismo y audacia como él. Para este Papa, que fue el mayor impulsor de la Contrarreforma, enfrentar los desafíos del protestantismo no solamente era un problema político esencial sino la condición misma de la supervivencia de la Iglesia Católica Apostólica Romana.

En su lucha a muerte por la reconstrucción de la supremacía eclesial se planteaba volver a hacer de Roma el epicentro mundial de un renovado poder papal. La operación requería que la ciudad recuperara su centralidad bajo la dirección de la iglesia militante de la Contrarreforma y Sixto V tenía un plan urbanístico visionario (grandes avenidas que vinculaban las siete colinas y un obelisco como símbolo de poder eterno plantado en cada una de ellas, imponentes iglesias y palacios). El primer paso de este plan fue el que motivó el libro del que tratamos.

Para contextualizar la obra del arquitecto Fontana hay que remontarse al origen de los obeliscos, su significado y su resolución técnica en el Egipto faraónico y su posterior apropiación por los emperadores romanos, comprendiendo las vicisitudes del traslado y erección de estos monolitos.

El origen de los obeliscos, invariablemente monolíticos, se remonta a la época pre dinástica en Egipto, hace unos seis mil años, a partir de los ben ben, unas pequeñas piezas de forma vagamente piramidal que después crecieron y se estilizaron pero que mantuvieron su carácter de símbolo solar y por ende de efigie del poder divino. Los obeliscos se ubicaban de a dos en los templos (nunca tuvieron relación con ritos funerarios) y hoy en día uno solo queda en pie en su patria original.

Los egipcios del Imperio Antiguo ya habían extendido su conquista de Nubia, hasta más allá de la segunda catarata del Nilo, para alcanzar los yacimientos del granito rosa que fue la materia prima primordial y única para el tallado de obeliscos. Como detalle curioso cabe señalar que los yacimientos de esta roca son muy escasos, de hecho se encuentran en el Alto Nilo, en Sudáfrica y en nuestro país, donde se le ha dado mucho uso y es posible ver comúnmente su superficie pulida de color rojizo jaspeado de negro y de cuarcita.

Bajo la dominación romana, en los estertores del Egipto de la dinastía faraónica tolemaica, se produjo un activo traslado de obeliscos hacia Roma. Los romanos construyeron en el siglo I algunos de los trirremes más grandes hasta entonces conocidos para llevar monolitos, cruzando el Mediterráneo y remontando por el Tíber, trasladándolos luego sobre rodillos por vías especiales.

Es peculiar la mezcla de los diferentes recursos disponibles para resolver los problemas que planteaba la erección de obeliscos en Egipto, en la Roma imperial y en el siglo XVI. El desafío que se le planteó a Fontana y las soluciones que adoptó son interesantes para comprobar la evolución de la fuerza humana y animal (bueyes y caballos) y el desarrollo de maquinarias (grúas, tornos, poleas y malacates, torres y terraplenes, etc.) así como su compleja articulación para conseguir los efectos deseados.

Los seres humanos hacen la historia pero no en las condiciones que desean por eso sería difícil comprender cabalmente la significación del libro sin una noticia biográfica del Papa Sixto V, el potente iniciador de la Contrarreforma, el político europeo que dejó una profunda huella en el mundo de su época, el transformador de Roma y benefactor de su tierra natal, las Marcas.

La llegada al papado del Cardenal Montalto, en 1585, es la leyenda del asno que se transformó en león. En efecto, se trataba de un hombre de origen muy modesto, criado en la pobre provincia adriática de Las Marcas, que de monje franciscano había recorrido toda la escala hasta llegar al solio cardenalicio en Roma. Era menospreciado por las aristocráticas familias romanas que se alternaban en el trono papal. Le llamaban “el asno de Las Marcas” por haber sido porquerizo en su infancia aunque se había recibido de Doctor en Teología, en 1548, a los 27 años.

Por añadidura, era un refugiado serbio (su nombre original era Srečko PeriĆ, italianizado como Felice Peretti) pues su familia de campesinos pobres había cruzado el Adriático, en arriesgada travesía desde Ragusa, huyendo de los turcos otomanos.

En la década de 1580 la pugna entre las diferentes familias aristocráticas para la designación de Papa en el Concilio había alcanzado una situación de empate virtual. En abril de 1585, Felice Peretti se excusó de asistir al Concilio, destinado a elegir sucesor del fallecido Gregorio XIII, aduciendo su mala salud.

En realidad el astuto cardenal contaba con que las distintas facciones del colegio cardenalicio optaran por ganar tiempo nombrando un Papa comodín, de transición; alguien no proveniente de sus filas que al estar enfermo les asegurara un reinado efímero y una futura y próxima vacante del trono pontificio. Mientras tanto las facciones podrían reacomodar sus fuerzas y negociar un acuerdo para designar un futuro Papa más duradero.

Las cosas no resultaron así. El Colegio designó al cardenal ausente y cuando los camarlengos fueron a su domicilio para comunicarle su efectiva designación como Papa, se encontraron con un cardenal pleno de energía que sabía muy bien lo que quería y que tenía preparado un ambicioso plan de acción. Inmediatamente adoptó el nombre de Sixto V y se transformó en la locomotora de la Contrarreforma.

La política que desarrolló, tanto a nivel interno como internacional; la forma en que ejerció el poder; el tipo de organización que adoptó y el entrelazamiento con sus proyectos urbanísticos, pautaron su breve pero intenso reinado (falleció a fines de 1590) que dejó huellas trascendentes en la historia.

Se destacaron los aspectos controversiales de este papado así como su vocación de trascendencia, su fundamentalismo, sus designios políticos, sin los cuales es virtualmente imposible descifrar el sentido de sus emprendimientos urbanísticos y arquitectónicos.

Además, este Papa que era reconocido como gran predicador, buen escritor y hábil polemista, fue un articulador ideológico de la Contrarreforma y como comprendía perfectamente el papel de las obras escritas fue el fundador de la Stamperia Vaticana, dotando a la Sede Pontificia de una poderosa herramienta de divulgación.

Como hemos dicho esta imprenta, que hoy en día publica el Osservatore Romano, es la única que se mantiene en funcionamiento ininterrumpido desde aquel momento (y por ende la más antigua del mundo) y el libro de Fontana fue su obra príncipe.

Sixto V combatió decididamente la corrupción en la iglesia y el bandolerismo en los estados pontificios. Los ladrones eran decapitados y sus cabezas clavadas en picas en los accesos al Castel Sant’Angelo, de acuerdo con sus antecedentes como cruel y severo jefe de la Inquisición en Venecia.

Saneó la economía del Vaticano e intervino en política internacional (por ejemplo, conspiró para derrocar a Isabel de Inglaterra quien le correspondió con un complot para envenenarlo; ambos fracasaron). Se dice que las profecías de San Malaquías se refieren a este Papa como el hacha en medio del signo” (axis medietate signi), expresión que hace referencia a que en su escudo de armas figuraba un hacha cruzada sobre un león que es un signo del Zodíaco.

En la actualidad, con el Papa Francisco, los argentinos cuentan con uno de ellos en el trono de San Pedro. Sin embargo, un estudio genealógico ha determinado que el conocido actor y psiquiatra argentino Diego Peretti es descendiente del Papa Sixto V.

En cuanto al arquitecto Doménico Fontana, hay poca información directa y – coherentemente – la mayor cantidad y calidad de la misma proviene de sus obras y del libro investigado. Era un lombardo nacido en Melide (Suiza) en 1547, donde se conserva su casa natal.

Se formó como estucador emigrado en Roma y posteriormente fue maestro de obras del Cardenal de Montalto, el futuro Papa Peretti. Después bajo el impulso del mismo Sixto V fue Arquitecto Vaticano y a la muerte del pontífice se estableció como Arquitecto Real en el reino español de Nápoles hasta su muerte en 1607.

En su periplo profesional no solamente se especializó en descubrir y levantar obeliscos egipcios sino que allanó colinas, desvió ríos, canalizó marismas, construyó palacios, escalinatas, sepulcros, monumentos, acueductos y fuentes2.

En el ensayo extenso en que se basa esta reseña se incluye una relación de las obras que llevó a cabo con su hijo y como parte de un conjunto de arquitectos migrantes que fueron considerados los maestros del barroco napolitano.

El tema central del incunable lo ocupa la relación pormenorizada de la erección del llamado Obelisco Vaticano, desde los antecedentes del proyecto, el concurso original y cómo ganó Fontana la posibilidad de llevar a cabo tan compleja obra, su laboriosa preparación, las claves de su sistema y los grandes episodios que jalonaron la ejecución hasta su culminación.

Allí figura la relación de las ilustraciones y la reproducción de la portada del libro así como de las principales láminas que ilustran el traslado del obelisco y otras obras significativas con las referencias que Fontana preparó para cada una de ellas, alguna de las cuales reproducimos a continuación.

Finalmente, nos referiremos a dos hechos que no fueron recogidos por Fontana en el texto pero cuya veracidad fue comprobada y son elocuentes respecto al entorno de la titánica obra que demandó varios meses en tres etapas. En la primera se trataba de encamisar el obelisco de más de 25 metros de altura y de unas 320 toneladas de peso, elevarlo con cabrestantes y poleas entre las dos gigantescas torres construidas al efecto y luego acostarlo sobre una plataforma rodante. Esto se hizo en una jornada.

La segunda etapa era la del desplazamiento del monolito sobre un terraplén de trescientos metros que compensaba la diferencia de más de seis metros entre el nivel de su primitiva ubicación (detrás del baptisterio de la basílica de San Pedro) hasta el medio de la plaza. Varias décadas después se produciría la erección de las columnatas por Bernini.

La tercera jornada consistía en la elevación del monolito hasta colocarlo en el pedestal previamente preparado. Todas las instancias, particularmente la primera y la última eran seguidas por numeroso público. Miles de romanos y extranjeros se ubicaban en la plaza, detrás de un cordón de la guardia papal, en absoluto silencio.

Sixto V había determinado que cualquier sonido sería castigado con la muerte. El silencio era fundamental para que las instrucciones mediante trompetas y campanas que Fontana emitía desde una torre de control, fueran percibidas por los operadores de los tornos y los palafreneros de caballos, los faquines que operaban las máquinas directamente y sus colaboradores que controlaban todo sobre el terreno.

Kilómetros de gruesos cordeles – trenzados al efecto por los más hábiles cordeleros italianos según los cálculos de Fontana y bajo su dirección – debían ser tensados de un lado y aflojados de otro con perfecta sincronización para que las 320 toneladas del monolito se moviesen lentamente y en la dirección apropiada. Cualquier falla hubiera provocado un desastre.

Volcar, trasladar y volver a erigir el obelisco eran operaciones de alto riesgo. Un error mínimo podía provocar una ruptura irreparable. Fontana sabía que el Papa no se andaba con chiquitas y que la quiebra del monolito le costaría la vida. Por eso y en secreto, hombres de su confianza mantenían permanentemente un par de buenos caballos ensillados en cada salida de la plaza. De haberse producido una catástrofe, el arquitecto habría saltado de la torre para huir a escape sin detenerse hasta haberse alejado de los Estados Pontificios y del vengativo pontífice. Como todo salió bien la fuga nunca se produjo.

Por otra parte, Sixto V que era consciente de que el traslado del obelisco constituía un gran espectáculo que le prestigiaba, retrasó con distintas excusas la llegada del embajador del Rey de Francia para que su arribo al Vaticano se produjese en medio del episodio culminante de la erección final. El Conde de Angulema y su séquito quedaron efectivamente muy impresionados por aquella demostración de destreza y poderío papal.

 

Notas

1 Las famosas guías Baedeker, a fines del siglo XIX, mantenían la recomendación a los turistas de no salir de noche y cubrirse con mosquiteros en sus habitaciones para evitar el contagio del paludismo.

2 Aunque nunca supo de la magnitud de su descubrimiento fue el primero en alcanzar las ruinas de las sepultadas Herculano y Pompeya, en oportunidad de las excavaciones para canalizaciones en los alrededores de Nápoles.

Fernando Britos V.

Columnista invitado

Funcionario de carrera de la UdelaR. Se desempeña, desde 1992, como Secretario de la Facultad de Arquitectura. Psicólogo, periodista y bibliófilo, investiga y escribe, entre otras cosas, sobre ética, psicopatología del trabajo, organización y evaluación institucional y el mundo de los libros. Promovió el rescate y digitalización de libros raros y valiosos de la Biblioteca de la Facultad y elaboró el catálogo razonado “Joyas de la Biblioteca”.

01. Imagen de la portada.

02. Obelisco.

03. Obelisco.

04. Plan de traslado.

05. Plan de erección.

06. Plan de erección.

07. Obelisco erecto frente a la Catedral de San Pedro.