Berlín, un palimpsesto escrito en un bosque


Lo primero que sorprende al conocer Berlín es su espacio urbano, la amplitud y la calidad de sus espacios públicos. Los berlineses habitan sus plazas y parques con naturalidad y desparpajo, como quien disfruta del patio de su casa. Paradójicamente, frente al imaginario que existe en general sobre la personalidad o la idiosincrasia de los alemanes, Berlín es una ciudad donde la sensación de desprejuicio, de derecho al ejercicio de la individualidad sin individualismo, de libertad en un sentido casi trascendente (de libre albedrío), se manifiesta constantemente en su promoción y apoyo de la diferencia y la multiculturalidad, quizás como reacción a este mismo imaginario y a una compleja historia que la diferencia del resto del país y la región. Lo cual repercute en la presencia constante de manifestaciones artísticas y populares de diversa índole ocupando física y simbólicamente los espacios urbanos, fenómeno cultural y social que comienza en los años sesenta y setenta, y que tiene su máxima expresión en la década del ochenta y noventa con el clímax de la caída del muro el 9 de noviembre de 1989.

Las estaciones del año cambian radicalmente la fisonomía berlinesa, su dinámica, su energía vital, se ve sumamente influida por las inclemencias climáticas, que para un habitante de áreas tropicales o subtropicales resultan poco habituales. Unos meses de invierno grises, sin un solo rayo de sol, con temperaturas que llegan al bajo cero y la presencia de la lluvia, el aguanieve, el hielo o la nieve cubriendo techos, veredas y plazas, generan que inevitablemente uno deba refugiarse en el calor de los espacios interiores, siempre calefaccionados, donde es tradicional dejar el calzado lleno de barro o nieve a la entrada y ponerse algo más cómodo para andar por la casa. Aun recuerdo la visión de los 36.900 metros cuadrados de la Platz der Republik frente al Reichstag cubierta de nieve y completamente deshabitada, salvo por un par de turistas despistados o arriesgados, el Spree congelado como deteniendo el tiempo en un instante de eternidad sin deriva, la sensación de la nieve crujiendo bajo los pies en la oscuridad de la noche en un casi siniestro Tiergarten con la cara ardiendo y los labios quemados por el frio.

El ciclo estacional indica que luego del invierno llega la primavera y es este momento del año quizás el más interesante para visitar la ciudad. El habitante de Berlin siente la llegada de los primeros rayos de luz solar, las primeras temperaturas apenas benévolas para estar al aire libre, y de repente los espacios urbanos se pueblan de gente, jóvenes, viejos, niños, todos habitando parques, plazas y calles casi con desesperación. El estado de ánimo, los sonidos y aromas de la ciudad cambian radicalmente. Además de las típicas barbacoas familiares que se apropian de un pequeño fragmento de verde con una parrilla portátil y unas salchichas, y además de los famosos biergärten donde cada uno puede llevar su propia comida y compartir las grandes mesas de madera con otras personas mientras degusta alguna de las típicas cervezas de la región, he visto a osados individuos tomando sol como si estuviesen en el Caribe con temperaturas apenas por encima de los 10 grados centígrados. Obviamente, a medida que se acerca el verano este fenómeno se incrementa, aunque pierda algo de su euforia inicial, para trasladarse además a los numerosos lagos, lagunas, ríos y parques naturales que pueblan la región de Brandeburgo, conocida por su ferviente defensa del medio ambiente, o a las playas de la costa de Pomerania y sus islas.

Uno de los puntos clave para entender la ciudad que pueden pasar desapercibidos es su transporte público. La movilidad urbana es uno de los principales aspectos que definen las condiciones de la vida en Berlin. Las diferentes modalidades, la agilidad de los nodos de transferencia y la facilidad de uso de un sistema tan complejo, nos hacen sentir que las personas, las mercancías y la información fluyen sin dificultades, nos permiten recorrer la ciudad de punta a punta, cambiando de medio de transporte, sin casi percibir las transiciones. El sistema se caracteriza por haber conseguido compatibilizar épocas, niveles, velocidades, capacidades e infraestructuras como ningún otro. Desde la imponente presencia de una obra de arquitectura e ingeniería como la Hauptbahnhof, con dos niveles de líneas ferroviarias circulando en direcciones perpendiculares, hasta los típicos ferries (Fährverkehr) que cruzan los cuantiosos ríos de la zona o las sutiles, pero omnipresentes, bicisendas. Para conocer la ciudad lo mejor es aventurarse en sus recorridos, a través de sus distintos medios de transporte, sin miedo a la deriva, con cierto espíritu de flâneur moderno que contempla un paisaje en rápido movimiento, sintiendo el latido de sus biorritmos, el compás de su sinfonía ciborg, sus horas de mayor actividad y trajín y sus momentos de silencio y calma.

El transporte público berlinés se compone de varios sistemas integrados y comunicados. Existen dos modalidades de ferrocarriles, los trenes regionales, Regionalbahn o Regional-Express, con sus característicos vagones de dos pisos, que unen la ciudad con otras ciudades e incluso con otros países. Y los trenes urbanos o S-Bahn permiten moverse rápidamente cruzando toda el área metropolitana a través de innumerables túneles y puentes, quizás deteniéndose a apreciar sus hermosas estaciones, como la Hackescher Markt construida en 1878 por el arquitecto Johannes Vollmer; pero sobre todo permiten rodear la ciudad utilizando su famoso anillo de circunvalación, el Ringbahn, construido en la década de 1870 sobre lo que aún era una zona periurbana, con la proverbial previsión alemana, que sirvió de ejemplo a muchas ciudades que incluso hoy en día lo contemplan como solución para la movilidad urbana. Un trazado de una sencillez y racionalidad dignas del diseño Bauhaus atraviesa la ciudad en forma de cruz para dirigirse cruzando el Ringbahn hacia los cuatro puntos cardinales, en estos cruces, resistiendo la tentación de homenajear a algún prócer o conmemorar algún hecho histórico, se ubican las muy racionales Ostkreuz, Westkreuz y Südkreuz, y el encuentro del cruce de estas líneas perpendiculares se ubica en el barrio de Mitte que significa casualmente medio o centro. Precisamente uno de los lugares perfectos para apreciar los ritmos berlineses es Ostkreuz, la más populosa de las estaciones de intercambio, con nueve líneas de tren, dos niveles y más de cien mil pasajeros por día.

El sistema de transporte público se organiza en tres áreas concéntricas, A, B y C, que establecen tres precios que contemplan cualquier tipo de intercambio dentro del área. Esto incluye también al U-Bahn, el Tram y los buses. Estos últimos son el modo más antiguo de transporte de Berlin (1846), aunque sus modernos vehículos articulados o de dos pisos no lo demuestren. Además de las líneas normales existen las del Metrobus (que aparecen a veces en los mapas del U-Bahn), el ExpressBus (que une rápidamente puntos estratégicos distantes, como los aeropuertos) y sobre todo los buses nocturnos (N) que sustituyen a las líneas de metro, ya que estas no ofrecen su servicio de noche. Por otro lado, casi toda la red de Tram (tranvías o Straßenbahn), una de las más antiguas y la tercera más grande del mundo, opera las veinticuatro horas del día (Metrotram). Un sistema de transporte ecológico y silencioso, que llena de personalidad a las ciudades que lo conservan, además de ofrecer al viajero la oportunidad de ver la ciudad desde dentro, con una perspectiva privilegiada. Actualmente permanece en funcionamiento aproximadamente la mitad de lo que fue la red de Tram, aquella ubicada en el lado soviético luego de la división, en el lado oeste fueron fundamentalmente substituidos por buses.

Por último, el U-Bahn, el modo más rápido de viajar en Berlin, es una de las típicas redes de trenes subterráneos que poblaron las grandes capitales del mundo a principios del siglo XX. Testigo paradigmático de la división de la ciudad después de la segunda guerra mundial, el U-Bahn vio cercenados sus recorridos de forma insólita, surgiendo toda una serie de “estaciones fantasma” (Geisterbahnhöfe), que recomendamos buscar en internet para apreciar desde un lugar no tan habitual los efectos de esta separación brutal. Si bien no resulta un medio muy atractivo para el paseo, aunque sí muy práctico para moverse de un punto a otro, recomendamos visitar las estaciones Hermannplatz y Wittenbergplatz, una de las más antiguas, además del Oberbaumbrücke, que se convertiría en uno de los símbolos de la reunificación alemana. Cabe agregar que la ciudad se puede recorrer en barcos siguiendo su intrincado tejido fluvial, recorridos de los cuales destacamos el del barrio Mitte, con la isla de los museos y la zona de los edificios gubernamentales, y el que pasa por la East Side Gallery y el Osthafen. Finalmente, pero no de menor importancia, hay que mencionar que a pesar de todo lo antedicho, mi mejor experiencia fue transitar Berlin en bici, es un hábito instalado entre los habitantes y visitantes, que invaden la ciudad con más de quinientas mil bicicletas todos los días. Notaran si lo intentan que la red de ciclovías y el sistema de alquiler (Call a bike) hacen tremendamente cómodo el uso de este medio de transporte, que además permite parar donde y cuando uno quiera, a tomar una foto o comer unas tradicionales currywurst.

Volviendo al espacio público, podemos ver que esta cualidad de abundancia y habitabilidad se manifiesta en cada una de sus escalas. El tejido urbano se caracteriza por ser bajo, lo que deriva en una ciudad hiperextendida, pero no casualmente muy luminosa (ya hemos hablado de los crudos inviernos), con una ocupación que en general no funciona con la idea del pulmón de manzana, sino con amplios patios en cada parcela de propiedad comunitaria, los Höfe, que le otorgan una porosidad al tejido que redunda en una mayor calidad de aire, luz y visuales en los ambientes interiores de los departamentos, así como en una oxigenación global, dada su tendencia a conservar sectores de tierra y vegetación. Ejemplos paradigmáticos son los Rosenhöfe y sobre todo los Hackesche Höfe, gran muestra del Jugendstil germano, obra del arquitecto Kurt Berndt con diseños de August Endell, repletos de restaurantes, teatros y galerías, ambos conjuntos en el antiguo barrio judío de Berlin. De todos modos, no pierdan la experiencia de entrar en el patio o patios de algún edificio residencial de Mitte, Friedrichshain o Prenzlauer Berg, es la única forma de apreciar realmente esa atmosfera acogedora e íntima de los espacios exteriores interiorizados de las culturas centroeuropeas.

La siguiente escala, la de los barrios, con sus plazas y calles, evidencia el mismo espíritu, dejar entrar la luz y el aire, dar lugar a la vegetación, y disfrutarlo cada vez que se pueda. Cada plaza es como un patio urbano, con los frentes de los edificios manteniendo esa homogeneidad que también caracteriza a las fachadas interiores. El llamado Nikolaiviertel es el único lugar donde se puede percibir el ambiente del Berlin medieval, pero tiene algo de escenográfico, de Disneyworld. Yo recomiendo dar una vuelta por la Kollwitzplatz, la Helmholtzplatz, la Koppenplatz y la Rüdesheimer Platz y recorrer la Bergmannstraße en Kreuzberg y la Kastanienallee en el barrio de Prenzlauer Berg. Una curiosidad de la escala intermedia de espacios urbanos son los cementerios, mi primer dia de deriva por la ciudad estuvo fuertemente marcado por el inesperado descubrimiento del Neuer Kirchhof von St. Nikolai und St. Marien y su cementerio, ubicado al comienzo de la Prenzlauer Allee. Se trata de un pequeño bosque dentro del tejido, donde las lapidas conviven con los arboles desordenadamente, algunas tumbadas otras ocultas, que los primeros días de enero presentaba una copiosa capa de nieve que parecía iluminar todo el paisaje desde abajo, creando una espacialidad onírica que se veía reforzada por una especie de insonoridad solo interrumpida por el crujir de la nieve de los propios pasos. Dentro del necroturismo hay mucho para experimentar, pero es clave visitar el cementerio de Dorotheenstadt, donde se encuentran la mayoría de los personajes ilustres, el Alter St.-Matthäus-Kirchhof de los hermanos Grimm, el antiguo cementerio judío o Alte Jüdische Friedhof, el curioso cementerio “de la vergüenza” Friedhof Grunewald (Forst) donde solamente se enterraba a los suicidas y el enorme cementerio judío de Weißensee, con sus cuarenta y dos hectáreas y más de cien mil tumbas.

En último lugar, los espacios urbanos de gran escala son también protagonistas de la fisonomía de la metrópolis. Comenzando por el Tiergarten, un enorme bosque en el centro de la ciudad, una suerte de Central Park más agreste, pasando por el antiguo Aeropuerto de Berlín-Tempelhof, hoy gran planicie verde para todo tipo de actividades al aire libre, hasta el Volkspark Friedrichshain. En los grandes parques conviven la impronta del bosque con la de la pradera, como queriendo recuperar el espíritu de lo natural en lo artificial, quizás herencia del romanticismo alemán o viceversa. Además de los paseos por el Tiergerten (y el Zoo) recuerdo en especial mis visitas al Mauerpark o parque del muro, al que acudía sobre todo para visitar el Flohmarkt (mercado de pulgas) donde mi amigo Karl tenía su puesto y donde he pasado los fríos más duros de toda mi vida, apenas aplacados por un vaso caliente de Glühwein o Punsch. El Mauerpark fue construido en el lugar exacto donde se situaba la llamada franja de la muerte del muro (Todesstreifen), un espacio abierto que conmemora activamente la muerte de muchas personas que murieron intentando eludir la vigilancia de los guardias de la RDA o las minas antipersonales, un espacio que hoy está fundamentalmente habitado por familias, artistas y artesanos.

Dentro de los grandes espacios urbanos se encuentran también aquellos que no son precisamente espacios verdes, pero que marcan también la identidad de Berlin. Los más destacables son el área de Potsdamer Platz, una de las zonas que fue completamente construida desde cero luego de la destrucción producida por los bombardeos aliados, actual centro económico y comercial caracterizado por su estilo Hi-Tech, con obras de Renzo Piano y Helmut Jahn, que avanzando por la Potsdamer Straße nos conduce al llamado Kulturforum, donde podemos encontrar la Philharmonie y la Staatsbibliothek de Hans Scharoun y la Neue Nationalgalerie de Ludwig Mies van der Rohe, entre otros edificios. También la Alexanderplatz, expresión máxima de la arquitectura de la RDA, con la estación del mismo nombre, los grandes edificios socialistas y la Fernsehturm (torre de televisión) de fondo. Si bien hay otros espacios destacables como la soviética Karl-Marx-Alle o la zona de edificios gubernamentales, quiero terminar mencionando el Memorial del Holocausto o Monumento en Memoria de los Judíos Asesinados de Europa del arquitecto Peter Eisenman, esta es una obra que todo estudiante de arquitectura debería visitar. El proyecto fue controversial en su momento y lo cierto es que a través de los dibujos y planos no se aprecia realmente la propuesta, no cabe duda que la mano de Richard Serra es la que le da la impronta a la obra, más allá de las características que tomará del diagramatismo de Eisenman. Las 2.711 estelas, bloques de hormigón de diferentes alturas sin ningún tipo de marca ni inscripción, inventan un paisaje completamente alienante e inhumano, que ayudado por el movimiento ondulatorio del suelo generan una desorientación dimensional y una extraña sensación de paz, que sin duda se ve reforzada por el efecto acústico de aislación del entorno urbano causado por las masas de hormigón. Recorrerlo en un sentido o en otro, darle vueltas o saltar de bloque en bloque, cada experiencia nos conecta con una indiscutible atmosfera de cementerio, pero superpuesta de modo casi surrealista con una plaza seca, un espacio de juegos, un paisaje onírico, un refugio del sol, un ejercicio didáctico, una tesis arquitectónica.

Para terminar, volviendo al título, vemos en cada recorrido, en cada espacio, en cada historia, la aparición de este fenómeno tan propio de nuestras ciudades y tan particularmente presente en Berlin, el palimpsesto. Ese pergamino o papiro escrito una y otra vez, en distintas direcciones, por distintos autores, con distintas intenciones, eso manuscrito ya difícil de leer y de interpretar debido a la acumulación de capas y huellas. Esta ciudad, marcada tan fuertemente por la presencia continua y paradojal de su propia historia, primero pantano o tierra deshabitada, ya presente en su etimología, y luego bosque, aldea y pequeña ciudad medieval alejada de los importantes circuitos de la liga hanseática, ni ciudad imperial ni ciudad libre, después ciudad de la realeza, residencia de verano en el palacio de Charlottenburg o el Schloss Sanssouci. Ciudad ilustrada del neoclásico Schinkel, de los hermanos Humboldt y su universidad científica, que todavía puede visitarse en Unter den Linden, luego capital del reino de Prusia y a continuación capital del Imperio alemán de 1871. Fugazmente socialista, fue rápidamente dominada por la desesperación y el odio del nazismo, pensada como la faraónica Germania de Albert Speer, aún conserva las huellas de aquella locura genocida. Casi destruida, sus ruinas fueron divididas en cuatro partes, que luego serían dos partes divididas por un muro, el capitalismo occidental y el comunismo oriental, dos mundos en pugna que se manifiestan en esa frontera tan física, tan brutal. Y nuevamente la locura asesina, el control y las heridas que no cicatrizan. Más tarde la euforia de la caída del muro, el reencuentro de familias y amigos, la euforia del capitalismo triunfante y las diferencias entre el este y el oeste que aún no pueden ser superadas. Ahora, la ciudad global, centro cultural y artístico de Europa, de la bohemia glorificada y el love parade, la ciudad de los inmigrantes turcos y la de los judíos que no olvidan, la del yugo económico y de las políticas ambientales intransigentes. Berlin es la ciudad donde el ojo atento encuentra constantemente estas huellas de la historia, donde la mente entrenada puede leer palabras olvidadas entre las intricadas líneas del palimpsesto.

Dr. Arq. Rodrigo Martín Iglesias

Columnista invitado

Arquitecto (FADU-UBA). Doctor en Diseño y Medios Digitales (UBA). Profesor Adjunto Historia de la Arquitectura, JTP Teoría de la Arquitectura (FADU-UBA). Coordinador del Laboratorio de Investigación en Diseño (+IDLab-FADU-UBA). Coordinador de la Maestría internacional interdisciplinaria Open Design (UBA/HU-Berlín).

01. Alexanderplatz con Fernsehturm de fondo. Foto: Rodrigo Martín Iglesias

02. Altes Museum en la Isla de los Museos. Foto: Rodrigo Martín Iglesias.

03. Kulturforum desde la Neue Nationalgalerie. Foto: Rodrigo Martín Iglesias.

04. Largas sombras en el Mauerpark. Foto: Rodrigo Martín Iglesias.

05. Monumento en Memoria de los Judíos Asesinados de Europa. Foto: Rodrigo Martín Iglesias.

06. Río Spree congelado en el tiempo. Foto: Rodrigo Martín Iglesias.

07. Hackesche Höfe. Foto: Rodrigo Martín Iglesias.