Bloque 2 – Tokio ya no nos quiere


 

Miradas absortas en sus celulares, escondidas a veces tras tapabocas de papel, se alternan para consultar las pantallas de la estación. Equipajes de mano, valijas, mochilas, acompañan a cada persona, cada individuo que se funde en una masa informe pero ordenada, coreografiada según la rutina del día a día. A la hora estipulada, el tren de la Keikyu Line hace su ingreso en la estación de Asakusa, y parte tres minutos y medio después hacia el Haneda Airport. Son las cinco y treinta y siete de la mañana. Los letreros japoneses comienzan a dejar paso a las inscripciones en inglés, el código compartido de la internacionalidad. Por un instante, lo incomprensible y lo inabarcable pasa a ser reconocible. Una pizca de familiaridad en medio de un universo extraño. La iluminación omnipresente del espacio genérico de Haneda impide la percepción de un amanecer nipón aun en pañales. Allí dentro, es pleno día. El mismo día que ilumina el avión que nos lleva a Beijing, y el mismo del smog gris que nos recibe en China. Dos horas más tarde, la terminal ampliada por Norman Foster funge como sede de la recepción a un país milenario, vasto, y brutal. La inmersión cultural es lenta, muy gradual, casi homeopática. Un pasajero occidental del metro de Beijing, cuyo origen es tan incierto como cualquiera de los aspectos de su vida, de repente se nos antoja familiar. Sentimos el deseo de hablarle, de poder intercambiar opiniones en ese lenguaje universal de la seguridad que es el idioma inglés, nuestra nueva lengua. Nos sentimos seres extraños. El occidental lee un libro, concentrado y enfocado en sus pensamientos, ignorando un entorno al que parece haberse habituado. Tokyo doesn’t love us anymore. La novela de Ray Loriga es el velo que envuelve su presencia. Las letras grises de una edición en inglés de bolsillo se funden con el aire denso del metro, y finalmente se desvanece en la inabarcable muchedumbre. En este universo que nos resulta por momentos distópico, somos intrusos, somos los extraños que deben adaptarse a unas reglas y usos que resultan desconcertantes. Tokio ha quedado atrás. La memoria se vacía, se disuelve, se funde en la magia brumosa del olvido para abrirse a nuevas emociones, a nuevas laceraciones de la conciencia que nos guiarán hacia un nuevo estadio de la potencia cognitiva. Habitar el intervalo, al decir de Michel Onfray. Ese intervalo que hace que la intensidad dure un instante, y que cada instante sea eterno. El occidental del metro, su rostro y su libro, han desaparecido. Aquella imagen, minutos antes familiar, ya ha sido sustituida, sin notarlo, por una miríada de nuevos estímulos y nuevas emociones. Una suerte de epifanía pagana que reinicia los sentidos, que los restablece a su estado primigenio: cada instante nos transforma en esponjas que absorben todo lo que nos circunda. El turista compara, pero el viajero separa. Es este acto el que le permite definirse, posicionarse, construir su propia atalaya y desde ella, nutrirse de las grandes cosas y de los más mínimos detalles. Mientras el turista busca ver cosas, el viajero busca transformarlas con su mirada, redibujarlas en su retina, colorearlas en su memoria. Más allá de Beijing está Shanghái. Y más allá está Hong Kong. El viaje avanza, siguiendo las huellas virtuales del trayecto predefinido: las selvas de Kanchanaburi, las arenas áridas de Saqqara, el skyline de Dubái, el trazado racionalista de Chandigarh, los cantos del imán en ambas márgenes del Bósforo, los mármoles blancos del Erecteión, el azul intenso del Mediterráneo africano en Alejandría, los wat de Bangkok, las areniscas del Fuerte Amber, las cuevas de Halong, los olores de las especias de los zocos, los mercados de seda del oriente, la pulcritud del alabastro en la mezquita de El Cairo. Momentos que se suceden, que nos nutren y nos llenan de vida. El turista acaso viaja para escapar de sí mismo. El viajero, por el contrario, camina junto a su propia sombra. Al cabo de apenas cincuenta y ocho días, transitamos un sinfín de recuerdos, de instantes, de construcciones inmateriales forjadas en las indescifrables redes de nuestras sinapsis neuronales. El tiempo se ha detenido. La voz de los altoparlantes lanza un llamado en inglés con acento griego. Parakaló. La antesala de abordaje del Venizelos indica el final de un ciclo. Ya no nos sorprenden algunas cosas. Ya no tememos a tantas otras. El conocimiento del mundo ha sido, en cierto modo, una forma de socratismo. Adelante está París. Adelante está la seguridad de lo conocido, aunque quizá nunca hayamos pisado la ciudad de las luces. París ha sido leída, París ha sido vista, transitada, visitada en la imaginación, y se nos figura como un refugio. Luego de este último vuelo, aguardan cuatro meses sin subir a un avión, y esta idea nos atemoriza, nos inquieta. Implica retornar a un estilo de vida que nos parece antiguo, arcaico. Algo que hemos olvidado en días que parecieron meses y que debemos reaprender. La memoria se reinicia una vez más. Tokio es un recuerdo tan lejano que parece de una vida previa, incluso ajena. Quedan aun cuatro meses intensos por delante, que sabemos que tendrán en nosotros un efecto de shock. Pero sabemos también, muy dentro nuestro, que en la brújula mental que hemos transportado desde el inicio de este periplo, el norte está en el hogar. Nuestro hogar. Y que al llegar finalmente a nuestra Ítaca, cada imagen, cada recuerdo, cada anécdota compartida podrá decantar en el hilo conductor que recompone cada uno de los pedacitos olvidados de nuestra memoria. Solo de este modo, lograremos aprehender el Viaje, reconstruirlo mentalmente cada día de nuestras vidas, y continuar en él para siempre.

Mg. Arq. Fernando García Amen

Responsable bloque 2

Arquitecto. Doctorando en Arquitectura. Máster en Dirección Estratégica en Tecnologías de la Información. Docente en el Laboratorio de Visualización Digital Avanzada (vidiaLab) de la Facultad de Arquitectura (UDELAR). Autor de diversas publicaciones sobre nuevas tecnologías aplicadas al diseño.