Sant’Elia. Abanderado de una vanguardia diferente


El albor cronológico del agitado siglo XX, antecede al comienzo del siglo “corto” del que nos habla Hobsbawm, coincidente con la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa. En el contexto de esa violenta tempestad, y en los fuegos que despertó, se cocieron los caldos que nutrieron no solamente el pensamiento sino sobre todo la acción de las vanguardias que inspiraron cambios en las sociedades occidentales hasta nuestros días.

En particular, el movimiento cultural despertado a partir de la publicación del Manifiesto Futurista tuvo un impacto impresionante en su tiempo y éste tampoco fue menor en su posterior proyección, llegando a influir en la literatura, las artes plásticas y la arquitectura, prácticamente hasta el presente.

La exaltación de la violencia extrema que el Manifiesto Futurista de 1909 ya contiene, aún antes del comienzo de la Gran Guerra, puede ayudar a explicar por qué el fascismo sería la oportunidad de usar posteriormente su estilo militarista y su apelación “patriótica” y nacionalista con fines de propaganda cultural. Sin dejar de reconocer que futurismo y fascismo son dos movimientos de distinta génesis y con procesos diferentes, separados en el tiempo, es evidente que ambos compartieron sensibilidad e ideas.

El redactor del manifiesto original, Filippo Tommaso Marinetti, poeta y “jefe de fila” del movimiento, vivió mucho más que ese tiempo inaugural, falleciendo en 1944 fiel al fascismo y a Mussolini.

La identificación del futurismo con la exaltación belicista o con el propio fascismo, se puede rastrear en las propias opciones y performances de Marinetti y demás personeros del movimiento.

Pero su trascendencia se funda en otros énfasis temáticos. Me refiero a la fascinación por la metrópolis, el caos de la ciudad, el movimiento y la circulación, que se registra visualmente a través de la cautivante obra pictórica de artistas como Umberto Boccioni, Carlo Carrà, Luigi Russolo, Giacomo Balla y Gino Severini.

Nuestro país no se sustrajo a este vertiginoso influjo. Las múltiples apelaciones a la velocidad y al movimiento, a la máquina y a la energía, son evidencias de la sensibilidad “moderna”, que en el Uruguay cultivó, entre tantos otros, un Alfredo Mario Ferreiro, claramente influenciado por Marinetti y otras plumas vanguardistas. Ferreiro tuvo la oportunidad de renovar su seducción por un ya por entonces trasnochado futurismo, con ocasión de fugaz visita de Marinetti a Montevideo en 1926. Una visita que, anoto, precedió en tres años a la de Le Corbusier.

Tales impactos no deberían resultarnos sorprendentes. Las plurales vanguardias del siglo XX ofrecían (y ofrecen) para nuestros ojos periféricos, un seductor caudal de imágenes, provocaciones y evocaciones con fuertes repercusiones en la creación arquitectónica.

En particular, cabe destacar el influjo que tuvo durante décadas la imaginería de la “arquitectura” futurista, cuyo emblemático abanderado y representante es Antonio Sant’Elia, un futurista tempranamente muerto en combate en 1916.

En su “Manifiesto de la Arquitectura Futurista” de 1914, retoma el hilo del discurso de Marinetti: “Sentimos que ya no somos los hombres de las catedrales, de los palacios y las tribunas, sino de los grandes hoteles, de las estaciones de ferrocarril, de las inmensas carreteras, de los puertos colosales, de los mercados cubiertos, de los túneles iluminados, de lo rectilíneo, de los derribos saludables. Nosotros debemos inventar y reedificar la ciudad futurista parecida a un inmenso edificio en construcción, tumultuoso, ágil, móvil, dinámico en cada una de sus partes y la casa futurista parecida a una gigantesca máquina”.1

Más allá de ese discurso seductor y confrontativo, y de su temprana desaparición física, Sant’Elia dejó como legado un conjunto de coloridos dibujos anticipatorios, que en su conjunto integran una imaginería que se compone de propuestas de modernas ciudades con puentes, carreteras y centrales eléctricas, con pasajes a múltiples niveles, humeantes chimeneas, almacenes, silos, hangares, vehículos, funiculares y ascensores, y edificios complejos, cuyas formas evidencian claros vínculos formales no sólo con la geometría del Art Dèco, sino también con la Sezession vienesa.

La propuesta de metrópolis futurista conocida como “Città Nuova” propone una inquietante visión de una posible Milán futurista. Y en materia edilicia, de sus propuestas, entre otras, como las centrales eléctricas, cabe destacar la de la “Casa a gradinate”, que muestra una visión anticipatoria de las construcciones masivas de vivienda que se concretarían en la Europa de entreguerras.

La obra de otros modernos italianos, entre ellos Giuseppe Terragni, le debe y mucho a esa temprana y diferente vanguardia, como lo muestra el “Monumento a los caídos” en Como.

Pero ese influjo no se detuvo en las fronteras de Italia e influyó, décadas después, en movimientos como el TEAM X y en las propuestas de Archigram, atravesando todo el siglo, llegando hasta nuestros días con un mensaje inquietante, potente y removedor.

 

Bibliografía

Zum Felde, Alberto; Proceso intelectual del Uruguay. Ed. del Nuevo Mundo, Montevideo, 1967.

De Micheli, Mario: las vanguardias artísticas del siglo XX. Alianza Editorial, Madrid, 2006.

Hobsbawm, Eric: Historia del siglo XX. Crítica, Barcelona, 2001.

 

Notas

1 De Micheli, Mario: las vanguardias artísticas del siglo XX. Alianza Editorial, Madrid, 2006.

Arq. Salvador Schelotto

Columnista invitado

Arquitecto. Docente universitario. Profesor Titular (G5) de Anteproyectos en la Facultad de Arquitectura de la UDELAR. Decano en dos oportunidades. Asesor en diversos concursos y autor de numerosos artículos sobre arquitectura y urbanismo a nivel nacional e internacional.

01. Dibujo de Sant’Elia. Foto: Wikipedia.

02. Dibujo de Sant’Elia. Foto: Wikipedia.