Tres sombras del Buda


“Uno no se ilumina imaginándose figuras de luz, sino tornando la oscuridad consciente”.
Carl Gustav Jung

Este escrito es apenas un bosquejo. Un intento de aproximación a la icónica figura del Buda histórico, tomando como puntos de apoyo singulares algunos de los hitos y referencias del Buda cósmico.

Para comenzar, es relevante definir el por qué del título. Las tres sombras del Buda son nada más que una figura poética para aludir a la iluminación que la figura del Buda parece irradiar. Sin embargo, no es baladí en este punto remarcar la diferencia entre el Buda histórico y el Buda místico: el primer Buda es un hombre, un ser nacido de un vientre materno y por ende, un ser humano más; el segundo en cambio, es parte de una historia cósmica tan rica como interesante, incrustada de magia, de mitología y de todos los ingredientes que hacen su aporte a la mística religiosa. En ambas visiones, el Buda no es sino un guía, un orientador que enseña el camino a la iluminación. Siendo entonces la luz una energía exterior al propio Buda, su sombra se proyecta sobre la Tierra, generando la curiosidad de lo desconocido e invitando a descubrir un nuevo camino. En definitiva, a correr el velo del espíritu y de la mente para poder acercarse al conocimiento de su verdad.

Las tres sombras de Buda son entonces nada más que tres modos de comprender la imagen del budismo a partir de tres cosmovisiones diferentes. Y en cierto modo, tomar consciencia –al decir de Jung- sobre esa figura colosal del Oriente.

Sin mayores prolegómenos, las tres interpretaciones a analizar serán: la imagen de Buda para los occidentales; la imagen de Buda para los hindúes; y finalmente, la imagen de Buda para los budistas.

1. Buda para los occidentales

Resulta tan interesante como curiosa la incorporación de la imagen del Buda en los movimientos new age y neo místicos occidentales, como modo de legitimación y de convicción entre sus adeptos. Pero quizá resulte mucho más llamativa la ignorancia más o menos marcada no ya acerca de la enseñanza sino sobre la imagen del propio Buda. Es común entre estos movimientos la referencia “budista” mediante la alusión a la imagen de un monje rechoncho y sonriente, usualmente ataviado de pobres túnicas. Este monje, al que muchos definen honesta y seguramente como “el Buda gordo” o “el Buda sonriente” no es otro que el monje Hotei. Para presentarlo, a manera de referencia nada más, Hotei fue un monje zen, que por sus características, fue adoptado por el budismo chino y japonés, y también por el sintoísmo, pero ciertamente no se trató del Buda sino de una persona diferente.

Es menester mencionar que esta confusión carece de importancia real para el budismo, por lo que se expondrá más adelante. No obstante, cabe su mención por la extensa difusión de la referida imagen en Occidente en gran parte de los movimientos gnósticos.

Quizá esto pueda justificarse en la fascinación que el Oriente místico genera sobre el Occidente racional. Es pertinente convenir que ambos conceptos trascienden la mera categorización geográfica para trasladar sus fronteras a terrenos allende lo cartográfico. Oriente y Occidente son, ante todo, dos construcciones culturales cargadas de contenido y conocimiento milenarios, que definen dos formas muy diversas de ver, conocer y enfrentar la realidad circundante.

Las tres grandes religiones de Occidente contrastan sin la menor duda con las religiones politeístas de Oriente, aunque ambas cimientan sus constructos culturales sobre valores heredados de los antiguos, donde el aporte de la tradición religiosa ha tenido un valor fundamental. Oriente es, en el imaginario occidental, una tierra de magia, de misterio. Un lugar de seducción; un objeto de seducción. Y esto se ha visto plasmado a través de los años en la literatura, la música, la pintura y el arte en general, además del acervo popular que ha legitimado y consolidado esta idea.

Correspondería citar apenas algunos casos, simplemente a manera de ejemplos. Giacomo Puccini compuso a inicios del novecientos la ópera “Madame Butterfly”, basándose en el cuento homónimo de John Luther Long de 1898. La temática aborda sin tapujos una atmósfera orientalista, que tiene lugar en las colinas de Nagasaki, en Japón. Sin entrar en excesivos detalles, la historia involucra a la protagonista, quien es acusada de haberse convertido del budismo al cristianismo, para poder casarse con un occidental. El tema del budismo aparece con connotaciones de prohibición religiosa más propias de Occidente que del budismo real. Asimismo, otros ejemplos en la literatura ameritan destaque. Es un caso paradigmático, sin dudas, el caso de “Las mil y una noches”, cuya adaptación más cercana se le debe al capitán Burton. Las narraciones de “Las mil y una noches” aun hoy han dejado legados en el cine, la televisión y la literatura, rara vez en su totalidad, pero sí en la reproducción de algunas narraciones, muchas de ellas reconocidas ampliamente en el mundo occidental. Tal es el caso de historias como “Aladino y la lámpara maravillosa”, “Alí Babá y los cuarenta ladrones”, “Simbad el marino”, y un amplio etcétera.

Otros ejemplos literarios bastante icónicos de la influencia y la atracción por el Oriente podrían ser “Pasaje a la India” de Förster, o bien el propio “Siddhartha” del laureado Herman Hesse, que narra de un modo a la vez lírico y épico las andanzas de un hombre llamado Siddhartha, como un émulo del príncipe que luego sería el Buda, el iluminado.

Pero quizá sea conveniente en este punto poner de manifiesto no solamente la influencia ejercida por la cultura del Oriente en el arte occidental, sino también destacar el creciente interés de Occidente en las distintas facetas de la cultura oriental. Rabindranath Tagore es, en 1913, el primer asiático en conseguir el Premio Nobel de Literatura. Años después, en 1968, el japonés Yasunari Kawabata logró idéntica distinción. Ya en tiempos más recientes, concretamente en la actualidad, Haruki Murakami se ha transformado en un novelista de culto en Occidente, con un tipo de literatura muy oriental, tejida sobre la base del realismo mágico, e imbuida de elementos místicos relacionados con las tradiciones milenarias del Japón.

Yendo quizá a manifestaciones más populares o de consumo más masivo, es posible citar el fenómeno del manga o el animé como vehículos de transculturación a gran escala en la cultura de masas actual, esencialmente a través de la televisión e Internet.

Cumplido este brevísimo exordio sobre la fascinación cultural que el Oriente ha ejercido desde siempre y ejerce en la actualidad sobre el mundo occidental, se torna ineludible referir a la figura del Buda, que es el centro de este escrito. A tal fin, corresponde construir –o al menos intentar- un marco histórico sobre el cual situarlo.

Karl Jaspers1 , el filósofo y médico alemán de la primera mitad del siglo XX, propugnó el concepto de tiempo-eje, sobre el que situó un marco común de evidencia histórica con respecto al Buda, en torno al siglo VI a.C.

En ese siglo, aparece en China el filósofo Kong Fuzi, que luego se castellanizaría como “Confucio”, quien pregona y proclama la existencia de ciertas virtudes: la tolerancia, la bondad, la benevolencia, el amor al prójimo y el respeto a los mayores y antepasados. Esto es algo que luego se arraigará posteriormente en toda la cultura oriental.

También en China ese mismo, surge la figura de Lao Tsé, fundador del taoísmo. El taoísmo establece la existencia de tres fuerzas: una primera pasiva, una segunda activa y una tercera, la fuerza conciliadora. Las dos primeras se oponen y complementan simultáneamente entre sí, es decir que son interdependientes de manera absoluta y funcionan como una unidad. Son, sin rodeos, el yin y el yang. La tercera fuerza, la fuerza conciliadora, es el tao, o fuerza superior que las contiene.

En el mismo siglo VI a.C., no ya en China pero sí en la antigua Persia, surge la figura de Zoroastro, el profeta persa, cuyo conocimiento llega hasta nuestros días debido a su influencia en el mundo helénico, donde fuera conocido como Zarathustra, e inspirara siglos más tarde la mayor obra de Nietzsche2. También en el mundo griego de ese entonces, Heráclito el Oscuro proclamaba su teoría del devenir y la fluidez del Universo, y Parménides de Elea teorizaba acerca del ser y la existencia. No muy lejos de allí, en Palestina, los profetas Elías, Isaías y Jeremías anunciaban enseñaban también sus verdades.

No caben dudas de que el siglo VI a.C. fue rico en aportes al pensamiento y a la evolución filosófica de la humanidad, tanto de Oriente como de Occidente. Es momento pues de decir que en ese mismo siglo surge en la región asiática de lo que hoy es Nepal, o quizá la India, la figura del príncipe Siddhartha Gautama, que luego sería conocido como el Buda o el iluminado, el que ha alcanzado la liberación.

Su aporte al pensamiento occidental es vasto, y puede rastrearse en diversos campos, tanto dentro del arte como de la filosofía. No obstante, este escrito se centrará en tres conceptos fundamentales que emanan del budismo y que han sido asimilados o internalizados en la cultura hegemónica occidental. Estos son Estos son: la tolerancia, el concepto del nirvana, y la idea de la transmigración de las almas.

El budismo es tolerante. De eso no hay dudas. La propia historia nos lo dice: es, posiblemente, la única religión, o la única doctrina religiosa que no ha debido empuñar la espada para imponerse o para crecer en cantidad de acólitos. Es oportuno recordar a Jorge Luis Borges3, quien afirmaba que a un budista le está permitido ser cristiano, musulmán, o judío. Pero a su vez, a un cristiano, un musulmán, o un judío no les está permitido ser budista. El budismo no tiene un Dios, ni un libro sagrado. Buda no es una deidad. Buda es apenas un hombre, que enseña una doctrina. Por ende, la visión y la lucha teocéntrica carecen de sentido dentro del budismo. Resulta curioso en este punto resaltar que las tres religiones que han hecho correr más sangre a lo largo de la historia han sido las religiones de Occidente, que casualmente son monoteístas y actúan en nombre del mismo Dios.

El segundo concepto referido es el Nirvana. Dejando de lado cualquier alusión a la banda de Seattle, que ha popularizado la palabra tremendamente, Nirvana quiere decir extinción, apagamiento. Pero este apagamiento no es la muerte en el sentido tradicional, sino una idea mucho más sutil, mucho más cósmica. El Nirvana es dejar de lado los sentimientos y las mezquindades humanas, para expandirse y formar parte del todo. Ser parte de la unidad. Es romper el ciclo eterno de inicios y finales, para poder alcanzar la unidad cósmica. Este concepto ha sido tomado por los movimientos místico y esotéricos de Occidente, en busca de una consolidación espiritual.

Finalmente, el tercer concepto asociado recurrentemente al budismo en Occidente es la transmigración de las almas. El propio concepto de alma es occidental, es platónico o quizá aristotélico. Pero la idea de la transmigración sí es oriental y probablemente haya sido incorporada a través de las influencias orientalizantes de la antigua Grecia.

Hay referencias al concepto de transmigración de las almas en diversos ejemplos de la literatura occidental. Borges lo reconoce en un pasaje de Empédocles de Agrigento, cuando dice “Yo fui doncella, yo fui una rama, yo fui un ciervo y fui un mudo pez que surge del mar”4. Muchas referencias más son fácilmente reconocibles en la literatura y el arte occidentales, dejando en claro que la transmigración de las almas es un concepto manejado desde hace siglos en Occidente.

En resumen y como acápite a lo arriba expuesto, el budismo es para occidente una fuente de inspiración, surgida de una figura histórica, cuyo sistema de pensamiento ha influido directa e indirectamente en el devenir de los sucesos más notables que han contribuido a la construcción del arte y la historia del pensamiento occidental.

2. Buda para los hindúes

Cumplida esta somera presentación acerca de quién es el Buda para los occidentales, corresponde intentar una aproximación similar desde el sustrato hindú. Y pocas cosas hay acaso más complejas que definir una religión tan intrincada y difícil de abarcar como lo es el hinduismo.

Para comenzar, hay que decir que el hinduismo no es una única religión, sino una suma de varias religiones y veneraciones distintas, que coexisten pacíficamente entre sí. Dentro del hinduismo, son reconocibles cuatro tendencias: puede ser monístico, es decir, una sola cosa existe, que es el todo (esta es la escuela de Sankara); puede ser panteístico, es decir, que solo una cosa divina existe, ya que Dios es el mundo (esta es la escuela brahmánica); puede ser panenteístico, y esto alude a que el mundo es parte de Dios; o bien puede ser teístico es decír, que solo existe un Dios (escuela Bhakti).

En el hinduismo, a diferencia de las tres grandes religiones occidentales, que comparten el culto monoteísta, pueden distinguirse varias deidades pero tres de ellas son las deidades principales, que conforman la trinidad hindú, o la trimurti.

Esta trinidad está formada por Brahma, dios creador del Universo, sencialmente un dios creador, un dios constructivo; Shiva, el dios de la muerte y la destrucción, símbolo de lo que se deshace y se despedaza; y finalmente Vishnú, Dios de la preservación, y símbolo del equilibrio.

Las tres deidades tienen fieles y seguidores, sin que esta situación genere percances entre ellos. De hechos, los cultos a una u otra deidad se reparten geográficamente, definiendo el mapa religioso del pueblo hindú, pero por supuesto, sin promover discordias o conflictos religiosos.

De todos modos, conviene no desviarse demasiado del objetivo original de este punto: ¿quién es Buda para los hindúes?

Algunos hechos son contrastables históricamente mediante diversas fuentes. Por ejemplo:

  • Buda nace en la ciudad de Kapilavastu, en Nepal, en el siglo VI a.C.
  • Expone su doctrina en libertad y crea una comunidad de seguidores que aprenden y practican su doctrina.
  • No obstante, hacia el siglo XIII de la era cristiana, edad media aproximadamente, el budismo está prácticamente extinguido del subcontinente indio y de Nepal, sitio donde nació y creció Buda.
  • De hecho, el propio Nepal, hoy por hoy, apenas cuenta con una población muy minoritaria que se define como budista.
  • En la India actual se define como budista menos del 1% de la población total.

Estos hechos deberían ser por lo menos llamativos y deberían captar la atención general. ¿Por qué el budismo, que nació y se desarrolló entre Nepal e India, tuvo –y tiene- su auge en otros países mucho más distantes, como China, Japón o Tailandia?

Una de las explicaciones es, acaso la más directa, que las invasiones musulmanas provenientes de Asia Menor, de la península arábiga y del Irán engendraron una corriente migratoria de los monjes budistas hacia el oriente más lejano, trasladando la palabra y la enseñanza del Buda hacia los confines de Asia. Siguiendo acaso los pasos y las enseñanzas de Bodhidharma, quien había allanado el terreno varios siglos atrás.

Pero la otra explicación, quizá menos lineal, es la constatación de que el Buda fue asimilado a la religiosidad hindú, incorporado dentro del sincretismo abierto y receptivo de esa filosofía milenaria. ¿De qué manera? Pues como una reencarnación, o un avatar, del Dios Vishnú, el dios del equilibrio que se citaba más arriba como el tercer miembro de la sagrada trimurti.

Los Puranas son un género literario hindú que es escrito, a diferencia de los Vedas que son orales. De acuerdo a ellos, concretamente al Garudá-Purana, el Buda sería la novena reencarnación de Vishnú. De acuerdo a otras versiones, como la que ofrece el Bhaghavata-Purana, sería la vigésimo segunda.

Aunque esta diferenciación resulte apenas curiosa y no definitoria sobre ningún aspecto fundamental de la incorporación del Buda a la cosmovisión hindú, es inquietante destacar que ambos textos coinciden en su visión a futuro, y en aseverar que la próxima reencarnación de Vishnú -la que seguirá al Buda- será Kalki. La próxima reencarnación vendrá montada en un caballo blanco, blandiendo una espada para aniquilar a toda la humanidad (que estará, por supuesto, completamente degradada) e iniciar una nueva era. En esta nueva era por venir solo se salvarán los sabios que hoy habitan en el Himalaya. Sin bien esta es otra historia, sirve a manera de ilustración de la cosmovisión hindú y su clara diferenciación del budismo.

Buda es entonces, para los hindúes, la novena encarnación, o el noveno avatar del dios Vishnú, dios del equilibrio y la bondad. Lejos de desaparecer la imagen de Buda en el hinduismo, puede decirse que es incorporada, internalizada, o bien asimilada al sistema de creencias de la religión mayoritaria actual de la India y de Nepal.

3. Buda para los budistas

Finalmente, llega el turno de ocuparse de la tercera sombra que arroja el Buda, y acaso la más importante: su significación para los budistas.

Conviene en este punto presentarlo lejos de la historicidad propia de Occidente, y separado de la asimilación sincrética generada por los hinduistas.

De hecho, es pertinente asumir (o no) algunos puntos de partida:

  • Siddhartha Gautama Sakiamuni nació en la ciudad de Kapilvastu, Nepal;
  • aunque quizá lo hizo en la ciudad de Lumbini, también en Nepal;
  • o tal vez en Katmandú;
  • o quizá en algún lugar del Uttar Pradesh, en la India;
  • entre abril y mayo del año 562 a.C.;
  • o del año 561 a.C.;
  • o quizá en algún otro año de ese mismo siglo.

Para los budistas, a diferencia de los occidentales, la historicidad no es relevante. Sostienen Borges y Jurado5 que para el budismo preocuparse por la historicidad del Buda es como preocuparse por las peripecias de la vida de Pitágoras en vez de estudiar las matemáticas.

El budismo no sólo no necesita creer en la existencia del Buda, sino que incluso necesita dudar, como parte de la doctrina. Lo importante no es creer en que existió el Buda, sino creer en su enseñanza.

El tiempo es también irrelevante, puesto que no pueden más que posponerse ciertas circunstancias que más tarde o más temprano igual terminarán dándose. La doctrina del Buda refiere a la eternidad. Y en la eternidad ya no importa el tiempo.

Como se exponía más arriba en el capítulo precedente, el Buda no es un Dios. Es apenas un hombre que ha alcanzado la iluminación.

Y sin entrar a detallar en este trabajo la historia por la cual el príncipe Siddhartha Gautama llega a convertirse en el Buda, conviene poner de manifiesto tres conceptos que se vislumbra interesante manejar para comprender más acabadamente la síntesis del pensamiento budista, a saber:

  • la vida como ilusión;
  • la transmigración del karma; y
  • la iluminación como forma de liberación.

Para los budistas la vida no es más que un sueño, una ilusión, que se define con la palabra maya. En síntesis, la vida no es más que una apariencia. Todo lo que existe en el mundo son representaciones que se forjan en la mente de quien sueña.

Este concepto ha disparado el pensamiento de filósofos occidentales, como Schopenhauer, quien sostenía que el cosmos es un sueño sin soñador6. También, por supuesto, ha dado lugar a interpretaciones fantásticas más recientes, vinculadas a la ciencia ficción, como el caso de la película Matrix.

El segundo concepto arriba referido es la transmigración del karma. Cuando se mencionaba la visión del Buda para los occidentales, se hacía referencia a la transmigración de las almas, y se especificaba que esta que era una trasposición de conceptos con una gran influencia de la filosofía oriental. En el budismo existe como tal lo que se llama la transmigración del karma. ¿Qué quiere decir esto, exactamente? Que si hoy algún voraz lector está consumiendo estas líneas, es simplemente producto de la ley universal del karma. En su vida previa habrá forjado esta situación de algún cierto modo. La transmigración del karma alude a la compensación universal de las acciones pasadas, de la que nadie puede escapar. El propio Gandhi sostenía que ahorrarle a alguien un sufrimiento no era más que retrasárselo, puesto que el karma implacable no dejaría de manifestarse, más tarde o más temprano.

Finalmente, corresponde hacer referencia a la idea de la iluminación, como forma de liberación. El pensamiento budista se estructura alrededor de cuatro verdades: la primera, que el dolor existe; la segunda, que el origen del dolor está en el deseo; la tercera, que el cese del dolor está en la superación del deseo, y finalmente la cuarta, que se puede superar el dolor alcanzando el Nirvana. Que no es otra cosa que la Iluminación.

El Nirvana es el apagamiento del ser pero también es una suerte de continuidad, de expansión hacia el todo. De transformación eterna. Y solo esta expansión, esta transformación puede liberar a todos los seres del ciclo eterno de reencarnaciones, que en el budismo se llama samsara, es decir, verdad.

El samsara es el ciclo eterno. Para el budismo, reencarnar en un ser humano es una situación fortuita, nada más, ya que el concepto abarca a todo ser viviente y la reencarnación se puede producir perfectamente en un perro, una mula o un gusano.

A manera de conclusión

Poco puede decirse de manera conclusiva en referencia al budismo. Este escrito apenas pretende ser una aproximación muy parcial pero sí ilustrativa sobre la lectura y toma de conciencia acerca de tres posibles sombras arrojadas por la imagen colosal del Buda. Su enseñanza es su valor. Y aunque su existencia esté envuelta en un velo de atractivo misterio, son el camino trazado y el camino señalado los que cobran protagonismo a la hora de aprehender y practicar su doctrina.

Si algo puede decirse sobre el budismo, es que es un código de ética, un camino hacia el iluminación. Quizá, para muchos, también un camino hacia la salvación. En cualquier caso, no se trata de una doctrina estática y acabada, sino una enseñanza muy dinámica, en la cual la reflexión y la meditación adquieren una notable trascendencia, más allá incluso que la figura del propio Buda.

 

Bibliografía

JASPERS, K. (2012). Los grandes maestros espirituales de Oriente y Occidente. Madrid: Tecnos
NIETZSCHE, F. (2008). Así habló Zarathustra. Madrid: Cátedra.
BORGES, J.L.; JURADO, A. (2000). Qué es el budismo. Madrid: Alianza editorial.
FORERO, M.T.; GARABIETA, L. (2013). Borges y Oriente. Buenos Aires: Diseño.

1 JASPERS, K., “Los grandes maestros espirituales de Oriente y Occidente”. Tecnos, Madrid, 2012.

2 NIETZSCHE, F. “Así habló Zarathustra”. Cátedra. Madrid, 2008.

3 BORGES, J.L.; JURADO, A., “Qué es el budismo”. Alianza editorial. Madrid, 2000.

4 FORERO, M.T.; GARABIETA, L. “Borges y Oriente”. Diseño. Buenos Aires, 2013.

5 BORGES, J.L.; JURADO, A. “Qué es el budismo”. Op. Cit.

6 BORGES, J.L.; JURADO, A. “Qué es el budismo”. Op. Cit.

Msc. Arq. Fernando García Amen

Responsable bloque 2

Arquitecto. Máster en Dirección Estratégica en Tecnologías de la Información. Docente en el Laboratorio de Visualización Digital Avanzada (vidiaLab) de la Facultad de Arquitectura (UDELAR). Docente del Proyecto Académico “Viaje 2.0” (2011), y de “Plexo. Una travesía multinsensorial” (2015).

01. Buda – Foto bit.ly 19DtBs7

02. Escena de “Madame Butterfly”, de Giacomo Puccini – Foto bit.ly 17hIdvU

03. Imagen de Hotei

04. Imagen de Zoroastro – Foto bit.ly 1vKNnXh

05. Imagen de Vishnú, cuya novena encarnación es el Buda – Foto bit.ly 1G8xjVg

06. El Gran Buda de Kamakura, en Japón – Foto: bit.ly/1DEYKq1